Recomendado

Bernard-Marie Koltès: De noche, justo antes de los bosques

Bernard-Marie Koltès, hoy admirado y representado en Francia y fuera de ella, fue durante su vida un outsider del sistema literario francés, o por lo menos vivió en su periferia. Homosexual, comunista, viajero por África y América Latina, enfermo de sida, Koltès se fraguó un estilo con raíces en el teatro del absurdo pero sobre todo en Jean Genet, con un estilo brusco y poético al mismo tiempo, que puede apreciarse en algunas de sus obras más conocidas, como En la soledad de los campos de algodón o Combate de negro y de perros.

La noche justo antes de los bosques, su primera obra, es un monólogo, un largo monólogo, pero no uno de tantos monólogos cómicos como se escuchan ahora, sino una reflexión sobre la soledad, la incomprensión, la dificultad para lograr una verdadera comunicación. También sobre la exclusión, sobre la inmigración y sus consecuencias en el individuo y en la sociedad, un tema que no puede ser más actual, pese a que la obra tiene ya más de treinta años.

 

Arthur Schnitzler: La señorita Else

Bien, vamos allá, a ver qué tal esta novela, la verdad es que a Schnitzler solo lo conozco como autor teatral, y si vamos a ser sinceros, hace tres meses ni siquiera sabía quién era, pero bueno, venga, vamos allá. Empieza: vale, me sitúo, es el monólogo interior de una muchacha de diecinueve años, algo pagada de sí misma y algo tontita pero no tanto como la gente piensa. Está en un hotel de montaña con unos familiares, se aburre, coquetea con su primo Paul que coquetea con su prima Cissy. ¿Costumbrismo? ¿Novela psicológica? A ver, a ver, paciencia, sigo.Ah, aquí estalló el conflicto: a la chiquilla le llega un telegrama de su madre, necesitan dinero, tienen deudas, su padre está en peligro de prisión, pero ¿cómo conseguir ese dinero? Qué cara dura la de la madre, sugerir a la pobre Else que se lo pida al señor Dorsday, ese viejo verde. Y claro, se veía venir, ¿es que la madre no lo veía venir? ¿O sí lo veía? Qué cara dura. Ay, cómo sufre la pobre Else, cómo se debate entre unas opciones y otras, cómo le gustaría que su primo le hiciera caso a ella en vez de a la niña mimada de Cissy.Pasan las páginas y ni me doy cuenta. Qué bien escrito está esto! Cómo mezcla los pensamientos lógicos de la chavala con los no tan lógicos, las asociaciones espontáneas, los diálogos. Y cómo consigue que la acción se comprenda perfectamente solo con esos pensamientos. Qué personaje más curioso esta Else, dan ganas de abrazarla y de darle una bofetada al mismo tiempo… Ay, qué tensión, ya se acerca el final de la novela. Jejeje, mira, ha incluido unos cuantos pentagramas de música en medio del texto, qué original. Vaya, ya se ha acabado la novela, qué sensación más tonta de vacío. Voy a escribir una reseña, a ver si se me pasa…

Miguel de Unamuno: Niebla.

Me gusta Unamuno.
Me gusta su forma de plantear ideas y profundizar en ellas, tomando como punto de partida a sus personajes… siempre complejos y a veces atormentados por dudas existenciales o conflictos psicológicos.Niebla es una de las obras más importantes del autor bilbaíno; quizá la más conocida.
Él la define con el nombre de “nivola” para diferenciarla de la habitual “novela” y su supuesta forma fija.Los absurdos amores de Augusto, un joven idealista y romántico (en un sentido amplio de la palabra) se nos presentan a veces cómicos y en ocasiones dramáticos y, gracias a la vena filosófica que Unamuno imprime siempre a sus obras, nos hacen reflexionar sobre cuestiones muy complejas de la personalidad humana.Quizá la parte más curiosa de esta novela es la última, en la que el protagonista de la historia se enfrenta a su creador, al autor de la “nivola” de su vida, a su dios particular.
En ese encuentro le cuestiona no sólo su autoridad, su capacidad de decisión sobre la vida de sus entes de ficción… sino, incluso, su propia realidad metafísica.
Augusto llega a decirle a Unamuno que quizá no es él quien es un ser ficticio sino a la inversa; que quizá sus personajes son, en realidad, la excusa necesaria para que la existencia de un autor tenga sentido.
De algún modo, así, duda de la propia existencia de Unamuno e insiste en que, de todas formas, quizá el ser humano no sea sino el “sueño” de algún dios, sólo una creación de la imaginación de algún ser superior.Un libro interesante y de lectura ágil, a pesar de la densidad de las cuestiones que plantea.
Quizá porque, en realidad, se limita a eso, a plantear ideas sin pretender “resolver” nada; dejando que el lector extraiga sus propias conclusiones.Como en algún momento dice el Unamuno que debate con su creación, él necesita de la dialéctica, la duda, la contradicción… para que su pensamiento fluya y se enriquezca.
Ese nudo de reflexiones en que nos envuelve la “nivola” no se desanuda; es un reto para lectores inteligentes dispuestos a cuestionarse a sí mismos con valentía.

Haruki Murakami: Los años de peregrinación del chico sin color

 Tsukuru es un muchacho nipón de veinte primaveras más bien especialito (es muy muy tímido y adora sentarse en las estaciones de ferrocarril a observar lo bien construidas que están, no diré más…). Pero tiene la suerte de contar con una pequeña cuadrilla mixta donde se siente querido y comprendido. Dicho ente grupal está formado por el típico amigo cachas, entusiasta y bueno para los deportes que es capaz de levantarle a uno la moral aunque el Apocalipsis esté a la vuelta de la esquina; el típico amigo intelectual, todo seso y raciocinio, que tenemos la esperanza de que se acuerde de nosotros cuando se convierta en una celebrity por idear una exitosa aplicación informática o cierta fuente de energía inocua para el medioambiente; la típica amiga preciosa y perfecta que levanta pasiones silenciosas a su alrededor y que encima es tímida, humilde y gentil y no se cree lo guapa que es, y la típica amiga colega-inseparable-de-la-guapa, vamos, la Desi de Verano azul o la goonie Martha Plimpton, que compensa el ser eclipsada continuamente por su siamesa a base de simpatía e ingenio a raudales.
Lo único que diferencia a Tsukuro de sus apigos es que su nombre completo no tiene ninguna connotación colorística (sus amigos llevan el rojo, el azul, el blanco y el negro respectivamente en sus nombres), y la única nota extraña de su agradable pandilla la constituye el hecho de que en ella no se haya formado ninguna parejita ni se dé ninguna clase de conflicto de intereses romántico, motivos principales por los que las cuadrillas mixtas se acaban yendo al garete, que el tío Ian sabe muy bien de lo que habla…
 Y la vida de Tsukuro discurre felizmente hasta que de la noche a la mañana, sus amigos le retiran la palabra. Le dicen que no quieren ni volver a verle ni volver a hablar con él, y Tsukuro se queda compuesto y sin colegas. Y como el chaval es, recordemos, tímido y muy especial, no insiste mucho para averiguar el motivo de que algo así suceda (sus súper amigos se resisten a darle una explicación desde el primer momento), coge una depresión de aupa, adelgaza no sé cuántos kilos e incluso fantasea con el suicidio (apunte: estudia en una universidad situada en una ciudad diferente, mientras que su ex grupo se queda en su ciudad natal). Pero gracias a un nuevo y pasajero colega revive y sobrevive, y sólo dieciséis años después, siendo un profesional de éxito (¡diseña estaciones de ferrocarril!) de vida amorosa penosa, decide dejarse ayudar por su última conquista, una mujer que parece merecer la pena, a localizar a sus amigos de juventud y preguntarles qué carajó pasó en su momento.
 Y éste es el argumento del último libro de Murakami, que como he puesto bastante más arriba me parece recomendable, sobre todo para los lectores que se inician en su lectura (no entraré en discusiones “nobelíticas” ni sobre si el autor se repite más que el ajo). Si opino esto es gracias a la intriga planteada al principio de la historia y, aunque parezca increíble, a cómo Murakami logra que uno se crea que el prota permite que le expulsen sin explicaciones y de forma abrupta del único reducto de esperanza y deleite de su vida. Su prosa sencilla e intimista pero seca y cortante en muchas ocasiones, y la composición de la rara avis de Tsukuro, el amante de las estaciones de tren, obran el milagro. Luego, todo hay que decirlo, hay ciertas estridencias argumentales que ensucian la valoración final pero que más o menos van en consonancia con las presentaciones de los personajes iniciales.
 Es muy difícil explicar esto que acabo de afirmar sin incurrir en spoilers, pero digamos que los amigos de Tsukuro del presente, con treinta y pico años y trabajos variopintos, en mi opinión deberían reaccionar de forma más “apasionada” cuando el chaval al que jorobaron la vida no hace ni veinte años reaparece como un fantasma. Y también, echo de menos más datos sobre un personaje esencial, que Murakami se hubiera mojado un poquito más, sólo un poquito, para desentrañar qué diablos de vida llevaba el personaje femenino objeto último de todo el desbarajuste y por qué acabó cómo acabó. Sin explicar, sólo insinuar. Pero de verdad que lo echo en falta.
 Y nada más, que me parece un libro corto y sencillo de leer pero con más wasabi de lo que parece (perdón por la figurita culinario-nipona, pero es que le va ni qué pintado). Sean felices y conserven a sus amistades (a no ser que a uno/a le roben, le traicionen o le birlen al/la respectivo/a, por supuesto).
PD: el título hace referencia a una pieza musical de Liszt que tocaba muy bien la chica guapa, consumada pianista.

Stephen King: La cúpula

Todo comienza un día de otoño en Chester’s Mill, una pequeña ciudad de (por supuesto) el estado de Nueva Inglaterra: de repente, la localidad queda encerrada dentro de una barrera invisible que recibe el nombre de “cúpula”, aunque en realidad no tiene tal forma. Lo que realmente importa es que nada parece poder romperla ni atravesarla, por lo que todas las personas que se encuentran en Chester’s Mill en ese momento quedan aisladas del resto del mundo.
Mientras el ejército intenta descubrir el origen de esa barrera y la manera de destruirla, la población de la pequeña ciudad y aquellos que por casualidad se encuentran en ella tratan de seguir adelante con sus vidas lo mejor que pueden, confiando (algunos más, algunos menos) en que el gobierno conseguirá sacarlos de allí antes o después. Pero el sheriff muere y uno de los concejales del ayuntamiento, “Big Jim” Rennie, aprovecha la situación (y la barrera) para mantener el municipio bajo su control.
Éste es el punto de partida de La cúpula, la (si no me equivoco) penúltima novela de Stephen King publicada hasta la fecha. A pesar de que el autor estadounidense es conocido como “el rey del terror”, en este caso (que no es el único) ha escrito una novela que se aleja de esta temática para retratar cómo se comporta una sociedad cuando permanece aislada del resto del mundo: las ansias de poder, las viejas rencillas que salen a la luz, la ignorancia, la sensación de abandono, el miedo… se combinan para crear un viciado ambiente en el que toda mala acción parece quedar impune y en el que la supervivencia no depende tanto de la destrucción de la barrera como del grado de locura o de la desesperación de los que se encuentran dentro de ella.
El final de la novela resulta ser un tanto flojo, pero hay que reconocer que King se luce a la hora de construir los personajes y de mostrar sus reacciones. Los sucesos que tienen lugar en los pocos días que dura el encierro resultan verosímiles y muestran el poco peso que tiene el sentido común cuando el ser humano se encuentra en una situación que escapa a su control. Y, a pesar de la gran cantidad de personajes y subtramas, el autor consigue mantener el ritmo y la atención del lector durante toda la obra (lo cual tiene mucho mérito, ya que la novela tiene casi 900 páginas), logrando que La cúpula sea una lectura de lo más entretenida. No nos cambiará la vida, pero sin duda nos hará pasar un buen rato.
El año pasado salió la primera temporada de la serie americana, basada en este libro. Mi recomendación sobre esta serie está aquí

Friedrich Nietzsche: El Anticristo

Pues vaya racha que me llevo. Después del amago de novela del libro de una licenciada en filosofía, de hace algunos meses, voy y me embarco en uno de esos tratados sesudos, en una de esas obras magnas del pensamiento, simplemente porque le tocaba algún día, y por esa malsana curiosidad que surge del hecho de que siempre haya oido comentar que el pensamiento de Nietzsche viene a ser un germen del cual, en una de sus interpretaciones, surge el nazismo.
Pues lo siento: lo único que a un servidor le ha surgido aquí es un bostezo tras otro, de la empanada monumental, del reguero de conceptos, parece, intraducibles y de la, aunque razonada y argumentada, hoy casi ingenua de tan socorrida y recurrente, obsesión del autor por arremeter contra el cristianismo y su raigambre en la moral y la sociedad europea. Pues estamos aviados: igual esto era muy rompedor en 1895, pero en estos tiempos en que religión y sociedad, a mi entender muy afortunadamente, tienden a diverger, las premisas y la visceralidad de Nietzsche, aunque caducas, estaba claro que no presagiaban nada bueno en función de en qué manos cayesen. Confesaré que no soy de los que más profundizaba en mis lejanas clases de filosofía, pero quede claro que interpretar este texto en un sentido o en otro pueden llevarnos a diferentes derroteros, algunos francamente alucinados. Pero dentro de un límite, hoy por hoy no sería descabellado tildar al autor de visionario e igual nos lo encontrábamos de tertuliano en cualquier programa de medio pelo. El de Nietzsche, apenas algo más de 100 páginas de conceptos e insistencia, es un auténtico tostón. Un panfleto alucinado, un mamotreto repleto de obviedades que hoy suena, si uno obvia esa conexión con el nazismo, a tipo subido al estrado ante una audiencia o adormilada o entregada al fanatismo. Puede que en la sociedad en que surgió esta obra el peso de la religión fuera asfixiante como para justificar tanta severidad en la crítica. Pero esto es demasiado. Demasiado denso para plantearse más disfrute que el añadir al conocimiento propio una experiencia en primera persona sobre el autor. Demasiado abierto en interpretación como para no entregar el alma a esos planteamientos de renovación y catarsis colectiva, si se es proclive a ello. Demasiado ensayo, y demasiado trágico, para otorgarle la mínima opción al mero placer de la lectura. Por favor, volvamos a la ficción.
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